DISCURSO INAUGURAL
Discurso inaugural de Aimé Césaire
Plaza del 22 de Mayo, Trénelle — 22 de mayo de 1971
Discurso pronunciado por Aimé Césaire, diputado-alcalde de Fort-de-France, en la inauguración solemne de la Plaza del 22 de Mayo en Trénelle y de la develación de la estatua «Martiniqués, recuerda» de Khokho RENÉ-CORAIL, el 22 de mayo de 1971.
Fuente: Édouard de Lépine, Aimé Césaire, écrits politiques, 1957-1971, Nouvelles éditions Jean-Michel Place, 2016.
«Schœlcher, filántropo francés libertador de los Negros»
«Schœlcher, filántropo francés libertador de los Negros.» Imagino esta definición de algún diccionario, que habría colmado de satisfacción a gobiernos y prefectos. Y, en efecto, esta frase resume bastante bien al Schœlcher oficial, más exactamente al Schœlcher del schœlcherismo oficial.
Pues, ustedes lo saben, desde hace algún tiempo, y para hacer frente a los partidos de izquierda que habían ido a desenterrar a Schœlcher del desván polvoriento donde lo habían relegado los príncipes de la Tercera y de la Cuarta República, los oficiales de la Quinta República, verdaderos impostores, han vuelto a la conquista de Schœlcher y celebran a Schœlcher a su manera, es decir, sin el pueblo, por supuesto, pero con prefectos, generales y almirantes.
Pues bien, ese Schœlcher no es el nuestro, y debo a la verdad decir que no tiene con el verdadero Schœlcher sino una relación muy lejana.
En cuanto al verdadero Schœlcher, si pudiéramos interrogarlo hoy sobre su verdadero papel en la historia de la abolición de la esclavitud, imagino bastante bien su respuesta: que, sin renegar de su acción, sin callar los episodios de su lucha, se habría guardado muy bien de pasar por alto el papel de aquellos combatientes de la sombra y de la noche que fueron los negros cimarrones y los insurrectos negros.
«Cuatro, cinco insurrecciones negras»
Es el propio Schœlcher quien lo señala. Escuchemos a Schœlcher:
«No pasan jamás diez años sin que los Negros protesten con alguna violencia contra el estado en que se los mantiene. Miren tan solo a Martinica, y sin remontarse más allá de 1811.
En 1811: revuelta
En 1822: revuelta
En 1823: revuelta
En 1831: revuelta, la conjuración general, que estalla al grito de ¡libertad o muerte!
En treinta años, cuatro, cinco insurrecciones negras.»
Pues bien, estas cifras no constituyen una banal estadística, capaz de satisfacer a los espíritus curiosos de historia. Por el contrario, establecen un punto capital en nuestro debate e ilustran una verdad filosófica y sociológica fundamental. Esa verdad, podría pedir su formulación a Karl Marx o a Lenin.
Para la ocasión, prefiero pedírsela a Victor Schœlcher. Escuchemos pues a Victor Schœlcher:
«Desde que ha habido reunión de hombres, los oprimidos no han obtenido jamás nada de los opresores sino por la fuerza; y si cada paso en la carrera de la libertad del mundo está marcado con sangre, es una necesidad que hay que reconocer conmigo, pero de la que solo se puede acusar a la impotencia o a la maldad providencial.»
Pero entonces, me dirán, ¿1848?
Pero entonces, me dirán, ¿1848? ¿No constituyó 1848 la sorpresa divina, la divina excepción a esa ley de hierro y de sangre? Y hablar de 1848, ¿no es precisamente evocar una época particularmente fasta en que, por una dicha inaudita, los hombres de conciencia, despertando a toda una nación a la belleza de los sentimientos altruistas, habrían obtenido de ella la abrogación de un régimen colonial inicuo? Lo que habría dispensado a nuestro pueblo de una acción violenta y ahorrado a la sociedad martiniquesa un baño de sangre.
¡Pues bien, no!
En la historia colonial no hay lugar ni para el idilio ni para lo bucólico, ni para las noches del 4 de agosto, ni para los vanos amoríos; y Schœlcher tiene razón al decir y al pensar que, incluso en el mejor de los casos, sigue siendo y siempre la violencia la que es la partera de la historia.
Y por eso, a pesar del decreto del 4 de marzo de 1848, a pesar del decreto del 27 de abril de 1848, hacía falta de todos modos que hubiera un 22 de mayo de 1848.
Se conocen los hechos
En febrero de 1848, una revolución estalla en París y derriba la monarquía de Luis Felipe. Se forma un gobierno provisional, en el que entra Victor Schœlcher, y uno de los primeros actos del gobierno así formado es decidir la constitución de una comisión ad hoc para preparar la abolición de la esclavitud. Eso es el decreto del 4 de marzo de 1848.
La comisión se pone a trabajar y, el 27 de abril, siempre por instigación de Schœlcher, obtiene del gobierno que publique un segundo decreto: el decreto del 27 de abril, que estipula en su artículo 1.º:
«La esclavitud quedará enteramente abolida en todas las colonias y posesiones francesas, dos meses después de la promulgación del presente decreto en cada una de ellas.»
Entonces, me dirán, todo estaba decidido. Pues bien, no. Nada estaba decidido.
Aún dos meses por esperar. ¿Qué digo? Tres meses, quizá cuatro.
Calculen bien: el tiempo para que el decreto llegue a las colonias y sea promulgado lleva un mes; así pues, eso nos lleva a finales de mayo o principios de junio. Dos meses después, eso nos lleva al mes de agosto.
Y eso es precisamente lo que querían los plantadores. Apenas lo ocultaban: había una cosecha que recoger y había que arrancar de la mano de obra servil un último servicio. Tal era el cálculo, y Schœlcher no hace ningún misterio de ello:
«Todos los plantadores reunidos en París —escribe— suplicaban a la Comisión que aplazara al menos la abolición definitiva hasta el mes de julio, para dejar, decían, a la cosecha tiempo de concluir.»
¿Esperar a julio? ¿Esperar a agosto? Y luego, ¿quién sabe? ¿Quién sabe si, al amparo de los acontecimientos, no se podría volver sobre la medida de emancipación tomada en un momento de euforia o de pánico general?
Hay que creer que esto no estaba mal razonado, puesto que, ya desde mayo de 1848, la República pasa a la reacción, y ustedes conocen las terribles masacres de obreros perpetradas por el general Cavaignac, que hicieron de las jornadas de junio de 1848 en París una suerte de ensayo general de las masacres de la Semana Sangrienta que marcaron el fin de la Comuna de París, unos 23 años más tarde.
Y entonces, es lícito preguntarse qué, en tales circunstancias, y en semejante ambiente de reacción desenfrenada, habría sido de la ley de emancipación. Por mi parte, tengo buenas razones para creer que habría sido tenida por letra muerta, si no pura y simplemente abrogada.
Eso basta para legitimar la entrada en escena de nuestros antepasados, una escena a la que no habían sido invitados, en mayo de 1848.
¿Espontaneidad de las masas? De ningún modo. Sino un seguro instinto revolucionario.
«Tengan paciencia», les decían
Sea como fuere, desde el mismo decreto del 27 de abril, una lluvia de consejos cae sobre los desdichados esclavos.
Habían esperado dos siglos. Y todos esos consejos tenían el mismo son, repetían hasta la saciedad el mismo leitmotiv: hay que esperar, hay que tener paciencia.
«Tengan paciencia», les había dicho el ministro Arago.
«Tengan paciencia», les repetía Perrinon en términos —hay que decirlo— bastante necios: «A los Negros, les recomendamos la confianza en los Blancos. A estos, la confianza en los Negros; a todas las clases, la confianza en el gobierno. Paciencia, esperanza, unión, orden y trabajo: eso es lo que les recomiendo.»
Paciencia, en fin, y sobre todo, insistía el inenarrable Husson, director del Interior en Martinica:
«Han aprendido bien la buena noticia que acaba de llegar de Francia. Es muy cierta. La libertad va a venir. Son buenos amos quienes la han pedido para ustedes. Pero hace falta que la República tenga tiempo de hacer la ley de libertad. Así pues, nada ha cambiado por ahora. Ustedes siguen siendo esclavos hasta la promulgación de la ley. Amigos míos, tengan confianza y paciencia.»
Pero los negros de Martinica decidieron otra cosa. Habían esperado dos siglos. Juraron no esperar un segundo más. Y, el 22 de mayo, fue la insurrección.
El 22 de mayo de 1848, en Saint-Pierre, la población esclava se subleva, ocupa la ciudad, incendia la hacienda Désabaye, libra sangrientos combates en el curso de los cuales 35 personas pierden la vida…
El gobernador Rostoland, esta vez, comprende; y así llegó el decreto del 23 de mayo de 1848:
Artículo 1.º: La esclavitud queda abolida a partir de este día en Martinica.
«Una libertad arrancada en dura lucha»
Pues bien, martiniquesas y martiniqueses, este es el acontecimiento que celebramos hoy y que conmemora la conmovedora estatua de René-Corail: una libertad no otorgada, sino arrancada en dura lucha; una emancipación no concedida, sino conquistada, y que enseña a todos, y ante todo a los propios martiniqueses, que, si es cierto que Martinica es un polvo, hay sin embargo polvos habitados por hombres que merecen plenamente el nombre de hombres, y esa certeza, vean ustedes, es de las que nos autorizan a mirar el presente con más firmeza y a medir el porvenir con más insolencia.
Y ahora, miren la estatua de René-Corail: es una mujer, una negra, quizá Martinica, que, sosteniendo con una mano a su hijo herido —quizá su hijo muerto—, blande con la otra un arma: no llora, combate.
«Aquí, el negro ya no es el objeto, es el sujeto»
Miren y recuerden las otras estatuas de la libertad que han visto y que conmemoran el mismo acontecimiento. Recuerden la estatua de Schœlcher que está ante el Palacio de Justicia de Fort-de-France: es una joven cuyas cadenas acaban de caer y que envía un beso de gratitud a su libertador, Victor Schœlcher, quien, con una mano, la envuelve en un gran gesto paternal lleno de bondad y, con la otra, le muestra el camino.
La obra es bastante bella. Pero retengan la inspiración: es la obra de un blanco*.
Y luego, hay otra estatua: un bronce de factura bastante bella que pertenece al ayuntamiento de Fort-de-France. Representa a un negro retorcido de dolor a quien Francia, en un gesto violento, acaba de romperle los hierros cuyos pedazos ella blande victoriosamente.
Obra declamatoria quizá, pero que no carece de fuerza. Pero también aquí, retengan la inspiración: es la obra de un blanco y que, a su manera, es para gloria del blanco libertador.
Y ahora, comparen la estatua de René-Corail, artista martiniqués.
Aquí, el negro ya no es el objeto, es el sujeto.
Ya no recibe la libertad. La toma, y se nos lo muestra tomándola.
Una gran negra, el arma en la mano, manejando su arma como sus antepasados la azagaya.
Pues bien, esa es la visión martiniquesa de la liberación de los negros. Y solo un negro podía tenerla. Y es porque René-Corail plasmó esa visión, con fogosidad y brillo, que saludo en él a un gran artista negro y a un gran escultor antillano.
La Plaza del 22 de Mayo y la calle Gérard-Nouvet
Martiniquesas y martiniqueses,
No estamos muy acostumbrados, en el municipio de Fort-de-France, a las inauguraciones. De haber tenido que hacerlas, habría sido preciso multiplicarlas, y eso habría sido tomarles mucho de su tiempo y de su atención. Por eso aprovecho la inauguración de la estatua de René-Corail para poner en su conocimiento dos decisiones de su consejo municipal; dos decisiones que, como la ley lo exige, surtirán efecto dentro de una quincena de días.
La primera es dar a la plaza en la que hoy nos encontramos el nombre de Plaza del 22 de Mayo.
La última es —y les pido que presten atención a ello— dar a una calle que desemboca en esta plaza, viniendo de Trénelle, el nombre de Gérard Nouvet, el joven liceísta, mártir, que cayó bajo las balas o la granada de la policía durante el viaje de Messmer.
¿Qué relación, me dirán, con el 22 de mayo de 1848? ¿Qué relación con Victor Schœlcher?
Pues bien, lo digo sin rodeos:
Gérard Nouvet ocupa en adelante su lugar en el largo martirologio de nuestro pueblo, junto a las martiniquesas y los martiniqueses caídos a lo largo de los siglos, víctimas del colonialismo y del sadismo policial.
Y como, para vengarlo, hay toda una juventud, hay, para acusar a los verdugos, hoy como ayer, la voz de Victor Schœlcher:
Escuchémoslo una vez más:
«Hacia las masas como hacia los individuos, la mejor vía para ganar los corazones es la persuasión. De la herida de una bayoneta gubernamental brota una fuente de venganza. Vergüenza y maldición sobre quienes lo olvidan.»
¡Que Terrade oiga! ¡Que Terrade comprenda!
Tres calles, tres símbolos
Martiniqueses y martiniquesas: henos aquí, pues, ante esta estatua de la libertad martiniquesa.
Vean dónde está colocada: en la confluencia de tres calles:
— al final de la calle Jean-Jacques Rousseau
— al final del bulevar Patrice-Lumumba
— al final de la calle Gérard-Nouvet
Tres calles, tres símbolos:
Jean-Jacques Rousseau: el pensamiento revolucionario.
Patrice Lumumba: la acción revolucionaria anticolonialista.
Gérard Nouvet: la juventud mártir, víctima de los abusos colonialistas.
Y, es cierto, todas estas vías —el pensamiento honesto, y por tanto revolucionario; la acción valiente; el mártir inocente— resumen todo el sufrimiento inocente de un pueblo.
Todo ello conduce a un mismo punto: la libertad. La libertad martiniquesa.
Es, pues, en esta plaza, en este punto de convergencia, donde conviene más que nunca gritar, en este 22 de mayo de 1971, con toda nuestra fe y toda nuestra certeza:
«¡Viva Martinica!»
* Aquí Aimé Césaire contrasta la estatua de Victor Schœlcher, realizada por un occidental, con la de Khokho RENÉ-CORAIL, artista martiniqués.
Aimé Césaire, in Édouard de Lépine, Aimé Césaire, écrits politiques, 1957-1971, Nouvelles éditions Jean-Michel Place, 2016.